David Montalvo
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Resumen

"Todos desean a los demás y a si mismos un buen año, pero pocos luchan por obtenerlo. Prefiero ser de los segundos." - Mariano de Blas

Contenido

Entre fiestas, tamales, pavo, ponche, doce uvas, el tradicional recalentado y algunos o muchos kilos de más, iniciamos este nuevo año lleno de expectativas, propósitos, sueños y con la gran esperanza de que “ahora sí es el bueno”, “ahora si voy a cambiar”, “este tiene que ser diferente” y otras frases típicas que sólo se quedan en eso, lo “típico” porque entre más se gritan al viento, menos se cumplen.

Esto empieza desde que con una prisa incontrolable, corremos sin saber a dónde vamos, gastando dinero y guardando nuestras mejores sonrisas y saludos para darle la bienvenida a este desconocido amigo, llamado “año nuevo”. Con un poco de ingratitud, dejamos a un lado lo vivido en el año viejo y pensamos ingenuamente, pero con mucha conciencia, que a partir del primero de enero, todo será bueno y mejor que antes. E impulsados por esas ideas, le deseamos grande cosas, milagros extraordinarios en sus vidas a cuanta gente pasa en nuestro camino. Eso no significa que tenga algo de malo o que desear un futuro próspero sea una locura, al contrario, todo anhelo de querer el bien para los demás es el mejor regalo que podemos ofrecer. Pero ¿es posible que se inicie una nueva vida, por el solo hecho de que el calendario marca el mes de enero? o ¿por haber cambiado nuestra casa, automóvil, ropa o número de celular? o ¿por hacer una lista interminable de propuestas y planes, huecos y nada concretos?

El éxito es la consecuencia de una gran determinación acompañada de mucha acción. Si falla algo de eso, ya no habrá resultados. No se trata de dar un giro de 360° a nuestra existencia como por arte de magia, sino de dar pasos pequeños continuamente, haciendo el ritual de “día nuevo” cada vez que nos levantamos. En renovarse está la clave, pero ¿por qué esperar una fecha como la pasada, para realizar esos ajustes en nuestra vida, cuando podemos empezar a hacerlo cada vez que lo creamos conveniente?

Siempre hay que tener una respuesta de cambio ante todas las situaciones de la vida. ¿Usarías trajes o peinados de treinta años atrás?. No. Nos veríamos ridículos. Así como el mundo gira sin dormir, y los cambios se realizan cada vez que son necesarios, debemos de tomar ciertas actitudes que avalen realmente nuestro gran desarrollo como seres humanos. No en una fecha concreta o de forma teórica en una hoja de papel, sino activamente el resto de nuestros días.

Para poder ser hombres ordinarios con una vida extraordinaria, necesitamos ir tomando conciencia de ciertas cualidades que son catapulta segura a nuestro éxito futuro. Cualidades que distinguen a los grandes hombres que dejan una huella imborrable y a los comunes que pasan como hoja al viento.


Necesitamos:

Decisión: Por que toda gran obra ha empezado con un sueño y la actitud por conquistarlo. Como diría Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto y Premio Nóbel “Primero tenemos que entender que no puede haber vida sin riesgo; y cuando nuestro centro es fuerte, todo lo demás es secundario, incluso los riesgos”. Tenemos primero que nada, que aceptar el reto de ser diferentes, de tener por lo menos la decisión de siempre ir más allá de nuestros propios límites y de conquistar lugares que nadie ha conquistado.

Responsabilidad: No hay mayor dirigente de nuestra vida, que nosotros mismos. Somos los actores principales y por ende, hay que tomar con valentía, fortaleza y compromiso las consecuencias de nuestros actos. No podemos engañarnos pensando que alguien más trabajará o cambiará por nosotros. Así como tenemos el carácter para hacer propósitos, tengamos la responsabilidad de cumplirlos, sin afectar a nadie, y de la forma más eficaz posible.

Trabajo: Hay que romper todas las puertas que creemos que están cerradas. 1% de inspiración y 99% de transpiración. Sin acción no hay resultados, sin resultados no hay cambio, sin cambio no hay esperanza en que el mundo puede ser diferente. Actuemos con todo el entusiasmo, la energía y la fuerza de voluntad posible. Trabajemos y pongamos en marcha todas las cualidades que nos otorgaron, no se pueden quedar dormidas, ahí no sirven de nada. En lugar de sentarnos a ver cómo “se parten la cara” los demás por sobrevivir, pongámonos de pie y seamos parte activa y presencial de lo que vive el mundo. Agentes de cambio que sean luchadores incansables, que ACTUÉN y no prometan, es lo que pide Dios y necesita el mundo.

Si estas características o motivadores de cambio los hacemos vida de nuestra vida, junto con una esperanza puesta en Dios, muy probablemente transformaremos esas propuestas de año nuevo, en palpables realidades y nuestro destino de ser “marionetas” se tornará a ser arquitectos de la historia: Nuestra historia.

Ojalá que no nos pase como aquel hombre, al darse cuenta que los propósitos que había hecho en 1972, eran los mismos que en 1982, 1992 y en el 2002, simplemente les llamaba de forma diferente y cumplía un 5% de ellos.

Sepamos visualizar grandes sueños, por más ilógicos que estos parezcan; tengamos metas que definan claramente lo que queremos, no “intentemos” lograrlas en un futuro, pongamos la “primera piedra” de cada proyecto, día con día. Nunca nunca nunca (tres veces y si se puede más) dejemos de luchar. Perseveremos hasta morir en la raya. Sólo así podremos estar orgullosos de nuestro majestuoso castillo de realizaciones, al final de este gran año.